Estar Relajados, Una Actitud Ante La Vida

Estar Relajados, Una Actitud Ante La Vida

Día 1

7 am. Ana se despierta sobresaltada por el sonido implacable del despertador. Se levanta con el tiempo menos que justo, se baña para espantar el sueño. Mientras se viste se prepara un té que, como todos los días, no llegará a tomar.

Se peina mientras programa el lavarropas y sale corriendo, tomando al pasar una galletita de agua que será su único sustento hasta que su estómago la obligue a pedir un desayuno en la oficina.

Hoy Ana está particularmente apurada porque tiene el auto en el mecánico y debe abordar un colectivo.

Desde luego, el ómnibus demora más de lo que debiera, bastante más para los nervios de Ana quien saca la cuenta de todo lo que pudo haber hecho en ese tiempo, que ahora se le representa muerto: tomar su té, por ejemplo.

Sin embargo, ensaya su mejor cara de ‘Buen día’ cuando por fin logra llegar a su trabajo luego de sortear el habitual embotellamiento de la mañana, los bocinazos, la acidez que provoca ver que las manecillas del reloj avanzan y el tránsito no.

Se acomoda en su escritorio dispuesta a comenzar lo antes posible con sus tareas, que desde luego, son todas urgentes como sucede en la mayoría de las oficinas de cualquier ciudad, pero el sonido del teléfono la interrumpe: su jefe quiere verla.

Es que Ana ha llegado tarde y seguramente le requerirá una explicación, porque en medio de tanto trajín, olvidó que debía buscarle unos documentos para presentar en una reunión muy importante para la empresa.

Ella hubiera querido remarcar que nadie la ha felicitado nunca por lo eficiente que es y que no le parece justo el tono en que se la reprende cuando comete un error pero finalmente prefiere evitar males mayores, se disculpa y va por los papeles.

Ana está acostumbrada a este tipo de percances que atentan contra su estabilidad emocional así que intenta no darle mayor trascendencia y decide prepararse un café. Sin embargo, la tensión ya está instalada y así transcurrirá la tarde de nuestra protagonista entre mucho café, muchos papeles y mucho stress.

Por fin, después de otro apretujado viaje en ómnibus, Ana está de vuelta en casa, cansada física y mentalmente pero aún no hay tiempo para eso; hay que poner un poco de orden en la casa, sacar el lavado que quedó de la mañana, bañarse, elegir la ropa para el día siguiente y preparar la cena (latas y comida congelada pues no hay tiempo ni voluntad para algo más elaborado). Probablemente, si tuviera niños ni siquiera le quedaría tiempo para ver el noticiero y enterarse –mientras come casi dormida- de las desgracias que han acechado al mundo en la jornada.

Rendida, Ana amontona la vajilla en la pileta y se va a dormir. Lavará mañana cuando regrese del trabajo porque ya no le quedan fuerzas para nada más. Por ahora, duerme tranquilamente pero eso es hasta que recuerde que no llamó a su mejor amiga para desearle feliz cumpleaños; entonces tomará su celular y se disculpará por medio de un mensaje de texto.

Aunque querrá seguir durmiendo, le será imposible porque su cabeza no parará de enlistar tareas pendientes del día que pasó y de los sucesivos y a pesar suyo, una pequeña pastillita será el único recurso que encuentre para vencer al temible insomnio. Y así, otro agotador día habrá llegado a su fin.

Día 2

7 am. Ana se despierta sobresaltada por el sonido implacable del despertador. Se levanta con el tiempo menos que justo…

Todos en menor o mayor escala vivimos alguna situación similar…

El ritmo de vida en las ciudades nos lleva a transitar los días en un completo estado de tensión, a olvidarnos de nuestros afectos y hasta de nosotros mismos, trastocando nuestras prioridades fundamentales.

En la Naturaleza, es habitual la competencia entre individuos de la misma especie que comparten hábitats, gustos culinarios, apetencias sexuales, estructura social, entre otras cosas y está demostrado que la búsqueda de la satisfacción de las necesidades es más reñida en estado de hacinamiento. Paradójicamente, esta situación no siempre viene aparejada a la escasez o falta de recursos.

Sucede que los niveles de excelencia que demandan las sociedades modernas nos embarcan en una alocada carrera tras el poder, el reconocimiento, la superación de nuestros pares, la satisfacción individual y el éxito personal, generando altos grados de rivalidad. Este estado de permanente tensión genera lo que hoy conocemos como “stress”.

Stress; voz inglesa que se traduce como resistencia al esfuerzo súbito, somático o visceral, pero que hoy todos conocemos como la enfermedad de las personas que se exigen a sí mismas o a algunos de sus órganos más de lo normal.

Veamos si no: en el ejemplo presentado al principio encontramos algunos de los causales más comunes de este desequilibrio en la actualidad: la mala alimentación, el sedentarismo, el exceso de tiempo dedicado a las tareas laborales, la desmedida búsqueda de seguridad material, la hiperexigencia, la falta de descanso, las malas posturas, la dificultad para entablar vínculos o mantenerlos, la presión de las noticias, el miedo a no satisfacer las expectativas de los demás, el miedo al fracaso, a que no nos acepten como realmente somos…

Todo esto regado por litros y litros de café, hierba mate y gaseosas, por estimulantes (el alcohol o el cigarrillo), por fármacos (ansiolíticos, pastillas para dormir) y distracciones de todo tipo (televisión, sexo, Internet, el shopping, el celular..) cosas que nos ayuden a evadirnos de esta realidad despiadada en donde ya no tenemos lugar para sentir, para disfrutar… para relajarnos. Todo hecho en exceso, de todo mucho. Menos descanso y silencio.

Y hay más. Además, del malestar generado por el día a día existen otras circunstancias como la muerte de un ser querido, un divorcio, una mudanza, la menopausia, un embarazo no previsto, el cambio de nivel escolar, incluso organizar una reunión o el comienzo de las vacaciones, que amenazan nuestra estabilidad emocional.

Claro que esta situación no es privativa de las grandes ciudades. Muchas de las personas que pudieron concretar el viejo sueño de vivir en el campo, mantienen altos sus niveles de “stress”.

La pregunta es: ¿Por qué?

En el organismo están grabadas las respuestas.

Nuestro sistema nervioso autónomo puede dividirse en dos partes: simpático y parasimpático.

El sistema nervioso simpático está relacionado con la preparación para la acción violenta y para soportar los estados anormales y es activado por una hormona, segregada por la hipófisis, la ACTH, conocida como “hormona del stress”.

Las situaciones de riesgo, los cambios (sean estos positivos o no), la ansiedad mental, todo…, el mínimo suceso que demande una respuesta pone en funcionamiento a este sistema que, aumenta la frecuencia cardiaca y respiratoria, la presión sanguínea y la tensión muscular, incrementa la actividad de los neurotransmisores (adrenalina, noradrenalina, serotonina, cortisol) que nos hacen más irritables, disminuye la temperatura corporal a partir de la sudoración en distintas partes del cuerpo.

El sistema parasimpático se relaciona principalmente con la recuperación de los estados normales y el recobro de la energía utilizada para la acción. Es decir uno acciona y el otro detiene los procesos. Este mecanismo de estimulo-respuesta y reposo es común a casi todos los seres vivos.

De acuerdo a lo explicado, el stress generado por el sistema nervioso simpático, lejos de ser negativo, nos prepara física, psíquica y conductualmente para estar alertas frente a los cambios y poder enfrentarlos desde la acción defensiva o evasiva.

La capacidad de relajarnos luego, la proporciona el sistema parasimpático.

Relajarse es una capacidad innata en el ser humano

El problema es que la “vida civilizada” exige la represión o por lo menos la moderación de cualquier tipo de proceso de descarga, sea esto un llanto, una carcajada, un bostezo o un enojo.

Incluso mucha gente se molesta cuando escucha a otro cantar o silbar, aunque sean estas manifestaciones de sentimientos positivos.

Además la sucesión de situaciones ’stressantes’ es tan vertiginosa que el organismo no encuentra momento para aflojarse. Entonces pasamos días, meses, años enteros acumulando presión.

Las consecuencias dependerán del grado de desgaste, de la resistencia de cada uno, pueden ir desde un resfriado hasta hipertensión, un simple mareo, a un surmenage. Constipación, gastritis, serios problemas digestivos, insomnio, depresión, problemas de columna, caries, con el paso del tiempo el cuerpo, la mente se agotan….

 

Ahora bien, ¿Qué hacer frente a este panorama?

La buena noticia es que la salida a esta encrucijada aparentemente sin solución está en nosotros mismos.

Podemos empezar por reconocer que no podemos manejar el mundo, pero si podemos aprender a respetar nuestros momentos de ocio, a escucharnos, a respetar nuestros tiempos, nuestro ritmo, nuestras necesidades de descanso, de diversión, de esparcimiento.

La relajación no es una técnica, es una actitud.

¿Qué significa esto?

Si bien es cierto que los grandes conglomerados son más propicios para generar los síntomas que ya hemos mencionado, también lo es el hecho de que somos nosotros quienes decidimos subirnos a este irracional tren de ansiedades e individualismo.

 

La relajación es el camino hacia la serenidad, un camino de bienestar para el cuerpo y la mente. Y todos podemos aprender a transitarlo.

 

Dejar el trabajo o cambiar el lugar de residencia aparece como una solución para empezar una “nueva vida”, pero así como una persona puede estar estresada en el campo, también podemos aprender a vivir más relajados en las grandes ciudades.

Hacernos Cargo

Comenzar por reconocer que muchas de las actividades, vínculos o responsabilidades que nos agobian están ahí porque lo elegimos, porque algo obtenemos a cambio, aún en las situaciones no placenteras.

Si esto no fuera así, simplemente buscaríamos la forma de terminar con ellas…

Elegimos seguir con nuestro trabajo, aunque nos sintamos demasiado exigidos, porque preferimos tener una estabilidad económica a estar “a la deriva”.

Elegimos mantener ciertos vínculos que no nos gratifican a cortarlos de raíz, tal vez por miedo a la reacción de los otros o a quedarnos solos, o solo para evitarnos el disgusto.

Elegimos ir por la noche al gimnasio, después de haber corrido todo el día, porque “necesitamos desenchufarnos” aunque nuestra jornada dure 25 horas. Todo sigue siendo nuestra elección.

 

Darnos cuenta de que a veces somos nosotros mismos, y no el mundo, los que  generamos más presión de la que es posible soportar, hace que disminuya un poco la carga.

Bien dice el dicho: “el que mucho abarca poco aprieta”.

 

No se trata de enunciar técnicas, ya que podemos hacer muchas cosas que nos ayuden a relajarnos física, psíquica o emocionalmente, como tomar clases de yoga, practicar tai-chi, o meditación, pero de nada sirve si no comenzamos a aplicarlo a la vida cotidiana, al día a día.

Se trata fundamentalmente de reencontrarnos con nuestros propios ritmos, aprender a respetarlos, aprender a preservarnos.

Por eso creemos que lo más importante es despertar a la vida, soltarnos y asumir el riesgo de que nos duela.

Dolor y alegría son caras de la misma moneda, si nos cerramos a experimentar la una, nos alejamos de sentir también la otra.

 

El Ejercicio

Es real que hacer ejercicio intenso disminuye la producción natural de adrenalina y nos ayuda a contrarrestar la respuesta del stress.

Al practicarlo todo el organismo se activa, se moviliza y esto nos permite disfrutar, luego, de una agradable sensación de liviandad.

El cuerpo necesita recobrar fuerzas y es bueno aprovechar este momento para liberar también la mente, entregándonos a la quietud y la calma física.

Esta es una buena forma de empezar a sentirnos mejor, de reencontrarnos con la vivencia de estar relajados.

Otras formas de estar relajados

Hay otros aspectos, a los que tal vez no damos mayor importancia y que también podemos empezar a realizar cotidianamente a modo de gimnasia, se trata de algo simple y a la vez efectivo.

Aprovechar nuestros viajes en tren para ir contemplando por la ventana las flores entre los rieles, o desde el colectivo los brotes de los árboles en primavera, las formas de las nubes en el cielo, o la claridad de los rayos del sol que se escapan por entre los techos, calentándonos las mejillas…

Cambiar la sección finanzas por el capítulo de un buen libro.

Caminar esas cuadras hasta el hogar para ir desprendiendo a cada paso las tensionas del día, disfrutando de la brisa, descubriendo entre el bullicio callejero el canto de los pájaros, las risas, las miradas.

Mirar y ver, ver a los otros en su constante trajín de ir y venir, como hormigas.

Vernos a nosotros mismos.

Ver claramente, realmente cómo estamos viviendo y qué cosas le dan sentido a nuestras vidas.

 

No es novedad, todos sabemos, aunque no lo entendamos del todo, que la vida pasa y las horas no vuelven, que el milagro de nacer trae consigo el aprendizaje de la muerte.

   Entender que no vuelven las palabras, ni el beso de la mañana, ni el tiempo de jugar con nuestros hijos.

Tampoco vuelven los momentos importantes en la vida de las personas, los nacimientos, los festejos, los reencuentros, los sueños cumplidos, los abrazos, las caricias. Nada de eso vuelve.

Nuestra efímera existencia no es más que un irrepetible presente, una realidad única, llena de luces y sombras.

Podemos seguir evadiéndonos, ausentándonos de nuestra propia vida, o podemos empezar a vivirla AHORA.

Vivir Más Lento

Hablar de vivir más lento parece ser sinónimo de desperdicio, de ineficiencia.

Si no nos subimos al alocado ritmo de vida sentimos que nos “quedamos afuera”.

Producir, progresar, avanzar, ganar, ascender, superar, comprar. Si es realmente esto lo que queremos ¿Por qué, entonces, sentimos que esas mismas cosas nos enferman?

Anemia, depresión, dolor de espalda, sobrepeso, mal humor, dispersión de la mente, epidemias que afectan a gran parte de la población, son algunos de los síntomas de nuestra forma de vivir.

¿Será que el error es haber descartado aquellas viejas costumbres que el mundo moderno juzgó de improductivas?

Como por ejemplo la siesta después del almuerzo, ese momento de descanso reparador que muchos creen es para los “fiacas” y que muchas empresas empiezan hoy a recuperar por los reconocidos efectos positivos sobre el desempeño de sus empleados.

Los momentos de silencio que ahora no existen debido al sonido de teléfonos celulares y walkman.

Tomarnos el tiempo para darnos una larga ducha, darnos un masaje, compartir momentos en familia.

En realidad todos estos momentos son cruciales para nuestra armonía interior. Es así que nuestro cuerpo, nuestra mente se vacía, se purifican para volver a llenarse de cosas nuevas.

 

Que pasaría con nosotros si solo pudiéramos inhalar, llenarnos de aire que entra y entra. Si la exhalación no existiera sería imposible la vida.

Lo mismo ocurre cuando no dejamos salir nuestras emociones, cuando nos apegamos, cuando no nos entregamos al devenir de los sucesos.

 

Existe un buen ejercicio para comenzar a ganar desde la respiración capacidad de exteriorizar:

Inhalar contando el tiempo que demanda la inspiración.

Intentar exhalar en el mismo tiempo.

Poco a poco ir alargando la exhalación hasta duplicar en tiempo a la inhalación.

Por ejemplo, si se inhala en 5 segundos, intentar exhalar en 10.

 

Relajarse

Nos escondemos detrás de corazas que nos hacen sentir seguros, como nos sentíamos en los brazos de nuestra madre.

Pero esas mismas corazas, así como los brazos que nos aprietan demasiado fuerte, pueden asfixiarnos.

Comencemos a aceptarnos vulnerables, a entender que no podemos manejarlo todo, que no llegaremos a ser perfectos por más esfuerzos que hagamos. Comencemos a darnos cuenta que a todos nos pasan, más o menos, las mismas cosas.

Todos necesitamos que nos quieran y querer a alguien.

Tal vez si empezamos a reconocernos y mostrarnos tal cual somos otros también se animen y entonces nuestras vidas cobren sentido, y así la vida sea mas auténtica.

 

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