La Rigidez

La Rigidez

La rigidez se relaciona con lo duro, lo impenetrable, con lo que impide que algo “entre”. Lo rígido es impermeable, contrario a lo permeable, es decir, aquello que tiene capacidad de absorber, de tomar, de dejar pasar. Lo rígido es contrario a lo receptivo, lo blando, maleable, flexible, lo que deja “entrar”, lo que permite que algo ocurra.

En la naturaleza, el árbol grande, rígido, majestuoso, con gran presencia, cuando sucede una tormenta se quiebra. En cambio el árbol blando es flexible, tal vez aparenta fragilidad y hasta es difícil verlo en medio de un bosque; sin embargo en la tormenta, no se quiebra, permanece inalterable.

En lo personal y en lo humano, relacionado con la salud física y psicológica, que no significa estar libre de enfermedad, sino tener vitalidad, alegría, buen ánimo y predisposición al cambio, la rigidez es considerada el estado más agudo de enfermedad y la receptividad o flexibilidad el estado más alto de salud. Cualquier enfermedad es curable, dependiendo de la actitud de la persona. Cuando la persona es rígida no acepta los acontecimientos de la vida, ni a los otros, se enoja, rechaza, juzga, no acepta el cambio y la enfermedad está al acecho, porque en esta estructura dura, inflexible no circula la energía.

Cuando se es rígido no existe el cambio y para que exista salud es necesario saber cambiar, poder ir de un estado a otro, ser receptivo, permeable, tolerante. Para ello es necesario hacerse cargo de uno mismo, es decir no poner afuera la responsabilidad de lo que a uno le ocurre. Ni en los padres, ni en los hijos, ni en la pareja, ni en el jefe, ni en los amigos o compañeros de tarea. Lo que uno siente, sus alegrías, tristezas, enojos, broncas, enfermedades, son propias, nadie es responsable de ello más que uno mismo.

En la vida ocurren cosas y a veces muy desagradables. Se tienen dos opciones: o conectarse con la mitad del vaso lleno o con la mitad del vaso vacío, con la alegría o la tristeza, con el odio, la violencia o con la belleza de la naturaleza y de lo bueno que cada ser humano tiene, con la bondad. Si alguien me dijo algo y me cae mal, soy yo el único responsable, de sentirme enojado o triste o decepcionado, más allá de lo que el otro haga o diga. Es cómodo reacciono frente a lo que afuera ocurre y mis reacciones son total responsabilidad mía. Puedo tener la elección de querer vivir tranquilo sosegado o nervioso y malhumorado, arrogante y rígido. Si uno se hace cargo de sí mismo, no espera que lo de afuera cambie o que los otros cambien, o que los otros den el primer paso, lo da uno mismo. La madurez es, justamente, hacerse cargo de uno mismo.

Lo contrario a la rigidez es la receptividad. Una persona receptiva deja entrar todo, luego en sí misma evalúa si lo que entra le sirve o no, pero deja entrar. Ser receptivo es estar blando, como una masa de pan, que se deja penetrar. Cuando se es receptivo, uno escucha, lo que otro le dice o lo que lee o lo que vió en una película, serie de TV, o leyó en un libro. No pone resistencia, escucha, mira, vé, desde el corazón y tal vez encuentre que eso no le sirve para nada, pero tal vez lo que leyó, escuchó, vió, lo tome y eso implique una semilla que germine y pueda mejorar la calidad de su propia vida.

Es como la tierra, cuando está blanda, las semillas germinan, cuando está dura, seca, no crece nada en ella.

Tal vez uno se da cuenta de su propia rigidez y ¿qué hace entonces? Nada, porque ya, en ese darse cuenta uno se ablandó, no es más que ser consciente, ahí ya ocurre el cambio, la energía se modifica, uno comienza a ser receptivo.

Tal vez uno descubra que se es rígido como una manera de evitar el sufrimiento y que esa rigidez la adquirió como defensa frente a la vida para no sentirse herido y fijó así una norma de comportamiento. Cuando se sufre por cualquier razón, por algo que ocurrió en la vida, uno inconscientemente se pone una armadura, a modo de protección, como para no volver a sufrir y entonces adopta esa forma, vivir con dureza, con armadura, que nada lo moleste o le penetre, le llegue, que nadie lo afecte. Pero ocurre que suceden cosas maravillosas y lindas en la vida y uno no puede percibirlas porque carga con ese caparazón.

Esa armadura impide que entre la belleza, el afecto, las palabras buenas, el amor, lo que a uno le hace bien, la posibilidad de cambiar. Cuando se es receptivo, la vida o lo que el otro diga no le entra por un oído y le sale por el otro. Cuando se es receptivo, flexible, uno está con el otro, lo vé, ve todo de él, y en ese ver, confluye con el otro, más allá de las limitaciones que el otro tenga. Todos tenemos conflictos, miserias, verlas en uno y en los otros es necesario, ya que es importante saber con quién se está y no esperar nada que el otro no pueda dar, pero la madurez y la salud, casi como sinónimos uno del otro, son el aceptar a todo ser humano sin juicio, saber cómo es el otro, pero abrir el corazón. Si bien hay una selección natural frente a quién uno se abre o se cierra hay que ser cuidadoso porque en el cerrarse, se genera un acto reflejo y uno se queda siempre cerrado y puede perder la oportunidad de abrirse en dónde corresponde. Estar abierto y flexible hace bien, da vida, vitalidad, fuerza, energía.

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