Miedo al Abandono

Miedo al Abandono

Diálogos entre una periodista y José Bidart (Director de Las Dalias)

P.: ¿De dónde surge ese miedo tremendo a que nos abandonen? Parece algo muy usual, ya que se escucha a la mayoría de la gente mencionarlo.

J.B.: Vamos a investigar juntos esta pregunta, sabiendo que la descripción que hagamos no es la cosa en sí misma, un mapa de una ciudad no es la ciudad, un menú no es el plato de comida. Es decir que las cosas tenemos que vivirlas para comprenderlas, vivirlas más allá del pensamiento, que son palabras. Si esto no ocurre, nos quedamos en los símbolos y representaciones, que son las palabras que conforman a los pensamientos, y éstos a las explicaciones y justificaciones. En ese plano sólo hay comprensiones intelectuales, no hay una comprensión transformadora.

¿El miedo al abandono tiene sus causas en situaciones vividas por una persona en particular o tiene sus causas en raíces mucho más profundas?

Si el estado de miedo al abandono tiene su causa en alguna situación vivida en algún momento de la vida, este miedo sería el efecto de una causa en el pasado, y esa causa sería a su vez el efecto de otra causa. Así, esto se puede remontar hasta el infinito.

Tal vez un estado psicológico, en este caso, el miedo al abandono, puede responder a todo un conjunto de situaciones que lo conforman. Es una visión holística, integradora, sistémica, donde no hay causas ni efectos concretos, sino situaciones producto de una trama de formas de funcionar, de pensar, de sentir, de actuar, de condicionamientos, que dan lugar a ciertos sentimientos.

Por ejemplo, es parte de nuestra educación, buscar ser alguien en la vida, y si busco “ser”, la posibilidad de ser abandonado, es vivida como un peligro, porque de suceder, pareciera que no valemos nada, o sea que no somos nada, nuestra valoración de nosotros mismos se va por el piso.

Esto, está hablando de otra característica humana, que es la competencia. Compito también, para ser más, en ese caso, de igual manera que en el ejemplo anterior, si me abandonan, me siento menos que los demás, por ello el miedo. El miedo al abandono sería entonces, el miedo a dejar de “ser”, el miedo a sentirme menos que los otros o miedo, a sentirme menos del modelo que me rige.

Otro factor puede ser, propio de la cultura que vivimos, la búsqueda de placer y seguridad.

Si mi vida se basa en gran medida, en buscar placer, significa que ocupó los espacios de tiempo libre que tengo a ello, y no a quedarme solo, tal vez en una actitud contemplativa, observándome, y dejando que mis estados psicológicos fluyan, se desplieguen, y no resistiendo, escapándome, llenándome de ruido y de cosas.

Si uno se queda observando lo que siente o lo que piensa o lo que hace, puede ser que se descubra, y descubra cuánto miedo hay a estar solo, a sentir el dolor, el vacío.

Si vivimos alejados de nosotros mismos, es lógico tener miedo al abandono. El otro, es una compañía, algo que hace que no nos encontremos con nuestra soledad y dolor.

También el miedo al abandono, nos puede estar hablando, de la dependencia a los otros.

Si hay dependencia, económica o afectiva, esto puede significar, que esa persona que depende, no ha madurado, no se conoce a sí misma, no tiene un proyecto de vida propio. En estos casos es probable que exista el miedo al abandono, porque de suceder, su vida sería muy incierta.

Es decir, que no sabemos vivir en paz con nosotros mismos, en soledad. No estamos diciendo que el individuo tenga que vivir solo, estamos diciendo, que una persona que accede a un cierto estado de libertad interior, va a establecer vínculos desde esa libertad, es decir, sin dependencias.

El miedo al abandono, es miedo a lo que pueda suceder, es pensar en términos de tiempo, de futuro, es vivir cinco pasos adelantado, cuando en realidad la vida es lo que está sucediendo en el paso presente. Vivir pensando en que en el futuro puedan pasar cosas conflictivas, es lo mismo que pensar que en el futuro pasarán cosas favorables. Pensar en términos de tiempo, es peligroso, es una invitación al sufrimiento.

Cuando vivimos en el presente podemos aprender y comprender los procesos de la vida, no si estamos alejados, ocupados en lo que sucederá o sucedió.

Si pensamos en términos de tiempo, desde ya que hay miedo, porque no sabemos si las cosas serán favorables o desfavorables; si se cumplirán nuestros anhelos y deseos.

P.: ¿Por qué es, justamente, tan tremendo? ¿Tiene que ver con el fracaso, con que los otros piensen que no valemos, con que da fiaca empezar de nuevo? ¿Esto es el mentado

J.B.: Si en mi hay carencias y no las encaro, es lógico que esté deseando la valoración y aprobación de los demás, en ese caso ¿no voy a tener miedo al abandono? Desde ya que si, parece que no pudiera ser de otra manera. Es el miedo a que el deseo no se cumpla, en este caso, el deseo de compañía.

El fracaso, como dijimos antes, tiene que ver con la competencia y las ansias de “ser”.

Aquí, tal vez, sería interesante que nos hagamos esta pregunta:

¿Es qué somos alguien porque lo intentemos y nos esforcemos, o somos alguien justamente, cuando no lo buscamos? Esto significa que vivimos con pasión y amor el momento a momento, sin proyectarnos, no deseando lograr nada en particular (desde ya que estamos hablando del campo psicológico).

Y de esta manera somos lo que somos, vivimos sin el esfuerzo por conseguir ser algo diferente a lo que somos, y vivimos entonces, en forma natural, espontánea, sin presión. Y sobre todo libre del esperar la valoración de otros, lo que nos libera de las dependencias, y por ende del sufrimiento por las situaciones inesperadas propias de la vida misma. En ese estado es que surge la creatividad y el gozo de vivir.

Si hay apego a la pareja, será inevitable el miedo al abandono. ¿Somos conscientes en nuestra vida diaria, de lo apegado que estamos a otras personas, a cosas, a costumbres, a hábitos, a ciertas ideas?

Creo que si observamos un poco nuestro vivir, nos daremos cuenta la forma tan mecánica en que vivimos. Carecemos de espontaneidad y naturalidad. Esta manera de vivir es generadora de miedos, por estar aferrados a lo conocido, tememos lo nuevo, lo desconocido.

P.: En su experiencia de trabajo, ¿cómo lo plantea la gente?

J.B.: La gente que viene a nuestro lugar busca respuestas a sus problemáticas, la mayoría de los casos tienen que ver, con la angustia que les genera vivir solas o solos, producto de separaciones o viudez o por no haber podido establecer un vínculo serio, estable.

Hay en el mundo, hoy en día, enorme cantidad de gente sola y en un estado de angustia, de depresión.

No sabemos vivir siendo luz para nosotros mismos, buscamos la luz en otros, de ahí el miedo al abandono. Es buscar la luz afuera, cuando ésta, está adentro. Es como el que pierde la llave de la casa en el bosque y la busca debajo de un farol, si le preguntan dice que la busca allí porque hay más luz, a pesar de que las llaves están en otro lado.

La sociedad, que es la suma de todos los individuos, es cada día más individualista. Cada persona piensa primero en sí misma y luego en sí misma. De ahí que es cada día más difícil establecer vínculos.

Para que exista un vínculo de pareja, cada uno tiene que actuar desde cierta libertad interior, lo que hará que no responda a sus caprichos, queriendo imponer siempre sus puntos de vista, o por el contrario se someta a la voluntad del otro. Ni lo uno, ni lo otro. De esa manera puede que exista un vínculo de pareja armónico, en este caso, tal vez, no reine el miedo al abandono.

P.: ¿Por qué se piensa que es algo “típico” de la mujer?

J.B.: ¿Es que es típico sólo de la mujer?

Tal vez, la mujer se expresa con más facilidad que el hombre, pero si uno investiga y observa un poco a todos los seres humanos, el miedo al abandono, es un sentimiento común a todos, va más allá del sexo, la raza, la cultura, la condición económica, me parece a mí.

P.: ¿El hombre también tiene este miedo? ¿Cómo lo manifiesta? ¿Qué diferencias respecto de la mujer?

J.B.: El sentimiento es el mismo, tal vez, en el hombre, por un condicionamiento ancestral de verse como un ente con coraje, libre del miedo, autosuficiente, el famoso machismo, éste, actúa como queriendo ocultarlo, o disimularlo, pero ante el hecho en concreto lo afecta igual que a la mujer. Una diferencia puede ser que algunos hombres, ante el peligro del abandono, pueden reaccionar con más violencia que ellas. La violencia es producto del miedo. Si no hay miedo, es poco probable que haya violencia.

Otra diferencia es que el hombre se expresa menos que la mujer, la mujer dice todo lo que siente y por eso puede parecer que el hombre estuviera libre de ciertas cosas.

Es una forma de no mostrarse débil, su condicionamiento de “macho” lo limita a dejarse sentir sentimientos, que lo muestren débil, vulnerable.

P.: ¿Qué consecuencias trae en la pareja si uno de los dos vive con ese miedo?

J.B.: Desde ya que no puede resultar sano vivir con ese sentimiento, es una inseguridad constante, es vivir tenso, a la defensiva, con celos por cualquier movimiento que pueda poner en peligro la continuidad del vínculo.

Como dijimos antes, donde hay miedo, hay violencia manifiesta o encubierta.

Las burlas, las ironías, los supuestos chistes de uno de los miembros de la pareja a la otra, el intento de manejarlo, controlarlo, son actos de violencia encubierta.

También dijimos antes, el miedo al abandono, se relaciona con el apego, las dependencias, aquí nos podemos preguntar ¿hay amor cuando hay celos, dependencias, miedo al abandono o el otro es un parche, una muleta a una insuficiencia interior?

¿Qué tipo de vínculo se puede establecer si uno de los miembros de la pareja, vive con ese sentimiento?

¿Cómo recibe o como lo vive el otro, a ese sentimiento?

Pareja, viene de parejo, significa que hay pareja cuando hay un encuentro de dos seres libres, en ese caso puede haber amor, sino serán afectos, cariños, todos sentimientos desde la necesidad de “tener” al otro y fundamentalmente vínculos sostenidos desde las propias carencias. En esos casos, esos cariños y afectos terminan y se pueden convertir en odios, cuando no se encuentra la reciprocidad del sentimiento.

Son vínculos a partir de la conveniencia de lo que cada uno recibe del otro, si recibo: atención, cuidado, sexo, lo quiero, si no la recibo, no lo quiero.

En los boleros o las telenovelas es común ver y escuchar esto de pasar del amor al odio con mucha facilidad. ¿Puede pasar uno del amor al odio y viceversa? ¿O en verdad cuando uno dice sentir amor es un sentimiento de afecto, producto de la propia necesidad?

El amor es una cosa por entero diferente, no depende de nada, es una cualidad que se da en un ser libre, en el caso de una pareja, es un sentimiento recíproco, no es que uno ama al otro, y el otro no.

Cuando hay amor entre dos personas hay respeto, confianza, compañerismo, amistad.

P.: ¿Funciona como una especie de auto-boicot, de auto-profecía? ¿De qué forma?

J.B.: Tal cual, se puede convertir en una profecía auto-cumplida, uno es lo que piensa y siente, y eso que pensamos y sentimos es lo que va generando los hechos del día a día. Si tengo miedo al abandono, el pensar en ello, y sentirlo, es lo que lo termina generando. El abandono surgiría, como producto del cansancio del otro, que se siente acosado por el miedo del otro, que de alguna manera lo percibe, consciente o inconscientemente.

Es un boicot, porque quien vive con miedo, no puede desplegar todo el potencial que le es propio, está limitado por el miedo y esa limitación lo empobrece, lo empaña, es decir no le permite el brillo propio de un ser humano libre, seguro, gozoso.

P.: ¿Se puede sacar este miedo? ¿De qué forma?

J.B.: Si el miedo no puede dejar de operar en un ser humano, tendríamos que creer que el estado de libertad interior, es una quimera, un imposible. Es pensar que la vida solo se la puede vivir en estado de esclavitud interior, es decir en el conflicto que genera el miedo.

Por suerte hay mucha gente que ha dado testimonios de que esto puede suceder. También uno puede ver, lo que ocurre en uno, a partir del conocimiento propio.

El tema a lo mejor no es pensar en “sacar” nada, porque el que quiere “sacar” es lo “sacado”. ¿Acaso la persona que quiere terminar con el miedo no es el miedo? ¿O es que hay un sujeto (la persona) y un objeto (el miedo)?

Esta es una visión dual, que probablemente sea la que conforma nuestros conflictos y contradicciones entre lo que pensamos, lo que sentimos, lo que decimos, lo que hacemos.

El miedo termina, cuando ni lo aceptamos, ni lo rechazamos.

Cuando no deseamos ser diferentes de lo que somos, porque si no, nos dividimos entre lo que somos y lo que anhelamos ser y esto es lo que genera la lucha interior.

Para que algo deje de operar en uno, en este caso el miedo, es necesario el conocimiento propio, y para ello, la meditación entendida como en sus orígenes se mostró, que es una posibilidad de auto-transformación, al desarrollar un estado de alerta percepción a todo lo que se expresa en nuestro ser, sentimientos, pensamientos, sensaciones, emociones, acciones.

Percibir observando lo que sucede en uno, sabiendo que el que percibe es lo percibido, descartando el deseo de algo diferente, también descartando los juicios, las justificaciones, y las palabras que no son más que símbolos y no la cosa en sí misma. En ese estado de observación, se develan contenidos profundos, enquistados, subyacentes, inconscientes y ese develar es el final del estado. Es como dejar que una flor florezca, si florece luego muere. Es decir, es dejar que el miedo se despliegue, y muestre sus contenidos subyacentes, ahí es cuando termina de operar en uno.

Lo que le da continuidad es la resistencia que le ofrecemos, y como dicen, todo lo que se resiste: persiste. Estamos habituados a luchar y resistir aquello que nos afecta. Esto lo único que genera es, darle continuidad, fortalecer el estado y dejarlo en capas inconscientes, que en algún momento de nuestra vida, buscará aflorar, sea en el cuerpo o en nuestra psiquis.

Una forma inteligente de ver las cosas es dejarlas fluir, dejar que el sentimiento se exprese, y cuando su estructura queda al descubierto, termina, por el solo hecho de ser conscientes de toda su trama, hay un darse cuenta sin palabras.

P.: ¿Qué sucede si cuando siento miedo a que me abandonen, pienso en positivo, que no me van a dejar?

J.B.: El pensar en positivo es una respuesta muy habitual en el ser humano.

¿Habría que ver qué sucede en nuestra psiquis, cuando queremos imponer una visión positiva, contraria a lo que está realmente sucediendo en nosotros, que es el sentimiento de miedo?

Ese pensamiento positivo, contrario a lo que sucede, es violentar lo que estamos siendo en el momento del miedo, es rechazarlo, ¿podemos cambiar algo que rechazamos, o para cambiar algo es necesario comprenderlo a partir de la aceptación activa? y ¿para comprender algo que sentimos, no es necesario dejar que ese sentimiento se despliegue por entero en nuestro interior?

Es aceptar lo que sucede con un espíritu de investigación, humildad y ternura frente a lo expresado.

Tal vez el cambio surge en forma espontánea, cuando vemos lo que sucede, lo que “es”, y no nos ocupamos de lo que “debería ser”.

P.: ¿Sirve hablarlo directamente con la pareja y decirle: tengo pánico de que me dejes, o eso es peor aún?

J.B.: ¿Si lo hablo, no le estaré dando más importancia aún, no le doy cuerpo, volumen, continuidad?

¿Es que hablándolo dejamos expresar al sentimiento, o lo que expresamos es nuestra congoja?

¿No será que se precisa dejarlo expresar interiormente, no en palabras, sino vivencialmente, en uno, para que esa expresión devele sus causas profundas?

¿No será que lo decimos a nuestra pareja con la esperanza de que nos de la seguridad de que el abandono no va a acontecer?

¿Por qué buscamos la seguridad en los vínculos, es que existe tal estado de seguridad?

¿Será que no sabemos vivir con las situaciones cambiantes propias de la vida, donde todo está mutando continuamente?

Queremos que los vínculos sean una garantía, para siempre, como nos dice la jueza en el momento del casamiento. Tampoco se trata de pensar que no va a durar, que todo es momentáneo.

Ni lo uno, ni lo otro.

Se trata de vivir el aquí y ahora, sin proyectarnos a nada en el campo psicológico, en ello hay intensidad, pasión, amor. Y si se dan esos estados, ¿hay peligro a la ruptura del vínculo o en ese caso se da un vínculo sólido, estable?

P.: ¿Por qué cuesta la convivencia armónica en una pareja?

Las personas piensan en sí mismas, en lo que necesitan y se sienten muy debilitadas psicológica y físicamente como para tener que ceder algo de sí mismas. Para poder dar algo de uno, es necesario un cierto grado de fortaleza, que se dá, cuando se está libre de miedos, inseguridades, apegos, dependencias.

Cuando se está auto-centrado, el otro no existe, entonces me molestan muchas cosas: cuando deja el baño mojado o prende la luz a la noche y además me molesta que el otro lo haga, no sé comunicarme sin discutir y expresar lo que sería bueno que cada uno pueda hacer por el otro, quiero vivir solo, como a mí me gusta, tal como los adolescentes que no quieren hacer mucho y les molesta que los cuestionen.

La convivencia significa aprender a vivir con el otro y renunciar a algo que si viviera solo haría.

La incapacidad en la convivencia se expresa de diferentes formas. Está el incapaz de ceder y está aquél que actúa cediendo todo y desdibujándose como persona por el miedo a que el otro lo abandone.

El nivel de insatisfacción en todos es tan grande, que las personas viven pensando y sintiendo que todo es un esfuerzo y hacer uno más, como por ejemplo tener que esperar a las 9 para cenar porque uno quiere que sea a las 8 y media, es demasiado pedir. También está el caso del que todo dá y a nada dice que no, porque es más fácil ceder que tener energía para pedir lo que le corresponde. Para algunos es más fácil decir que sí que decir que no y viceversa.

La convivencia armónica es como aquello que nos enseñaron en el jardín de infantes, aprender a compartir la galletita.

Hoy el mundo es un alarde constante de satisfacción personal, las publicidades invitan al placer y al disfrute. Convivir es compartir con el otro más allá de la necesidad personal, un gesto puro de interés hacia afuera y no tanto en el sí mismo, pero tampoco olvidándose de que uno existe. De ahí que hoy, muchas personas vivan cada uno en casas diferentes.

No saben encontrar un punto intermedio entre el dar y el recibir.

La verdadera salud consiste justamente en la capacidad de saber dar y saber recibir.

La convivencia va a ser posible en la medida que ambas personas, si bien busquen su propia armonía y vivan cómodas, no dejen de ver al otro. Vivir en pareja es eso: una actitud solidaria, respetuosa y amorosa por el bienestar del que está al lado, sin detrimento del propio bienestar.

En los vínculos, muchas veces, se busca “tener” al otro, que es un sentimiento posesivo, y mientras éste exista, el vínculo será muy limitado.

En este sentido sería imposible vincularse si busco en el otro:

–la seguridad que no encuentro en mí

–el placer que me genera la compañía del otro, porque no me atrevo a vivir el displacer que siento interiormente

–solo el placer sexual o una compañía para “ciertos” momentos

–la búsqueda de cuidado y protección

Otra razón que dificulta los vínculos es el ansia de “ser alguien”, es decir el auto-centramiento. En general, vemos al mundo a través de lo que somos y lo que llegaremos a ser, en estas circunstancias, el otro puede llegar a ser un impedimento a los deseos de realización personal.

Con esto no estamos hablando que una persona no pueda realizar una actividad que le es natural, propia, solo decimos que si nuestra vida está basada en la realización personal profesional, el vínculo con el otro, no es más que algo secundario, anexo.

Tal vez todo se reduzca a encarar la vida equilibrando todos los aspectos, el profesional, con el afectivo y el social. En ese caso es posible una vida profesional plena y un vínculo armónico.

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